Nos falta ciencia.

Juan Pimentel, Científico Titular CSIC



Todos la enarbolan. Está de moda, rima con energías renovables y economía sostenible. Sirve para atizar a la especulación inmobiliaria y al ladrillazo. Les gusta a los políticos tenerla en los labios, aunque luego se les olvida en los bolsillos. La ciencia es la asignatura pendiente de la democracia española. Crean ministerios o los unifican. Nombran comisiones, cesan secretarios de estado (el último, la semana pasada). Los recién designados llegan a sus cargos y resetean el mundo, como si todas las mañanas comenzara todo de nuevo. Nos falta sentido común, humildad, trabajo sostenido y tradición académica: nos falta ciencia. 
Y nos falta, entre otras cosas, por lo mal que casa con este tiempo dominado por políticos medianos, cuyo primer objetivo es mantenerse en el cargo y colocar a los suyos (algo semejante podría decirse de los catedráticos medianos, con la diferencia que ellos ya saben que se mantendrán de por vida en su cargo, por lo que dedican más energías a lo segundo).
Corren malos tiempos para la lírica y para la ciencia. Apresada entre las urgencias de la rentabilidad inmediata, el marketing mediático y la inauguración para este año de algo bien visible (y a ser posible ruidoso, ¡que vienen las elecciones!), la ciencia se sostiene sobre valores y prácticas tan ausentes en la España de nuestros días, tan poco prestigiosos, que a nadie puede extrañar lo que nos sucede: que los becarios con años de experiencia en el extranjero se van al paro mientras no queda acera en nuestro barrio que no se abra una y mil veces en tres meses. Lo verdaderamente sostenible es la paciencia de los viandantes y no digamos si además son becarios de nuestro flamante y rimbombante sistema de I+D+I.
Me gusta pensar que Newton vivió su annus mirabilis el año que cerró la Universidad de Cambridge y que Galileo logró distinguir manchas en el Sol a pesar de que la doctrina lo tenía por un astro incorruptible. Me gusta pensar que la selección natural se abrió paso sin Ministerio que la amparara. Invertir en ciencia significa apostar por un trabajo a largo plazo, tal vez inútil y poco mediático, donde el rigor, la curiosidad y la constancia lo son todo.
No se cambia el modelo productivo de un país de la noche a la mañana. Ni a golpe de decreto ley o mirando de reojo a demoscopia. Tampoco se modifica el orden de valores de una sociedad así como así. Frente a la idolatría del éxito rápido, la operación triunfo y la fama a cualquier precio, pongamos en valor el trabajo bien hecho (qué simpleza, dirán los televidentes). Frente a los anuncios y los eslóganes electorales, démonos tiempo para escuchar opiniones formadas e inteligentes (las hay, aunque no venden). Promocionemos la lectura y el conocimiento desde la infancia. Premiemos el talento y la creatividad en nuestras universidades y centros de investigación, aunque quienes los demuestren no sean "de los nuestros". Aplaudamos la crítica y el pensamiento libre en los partidos políticos, aunque quienes los ejerzan sean "de los nuestros". En España nos sobran nuevos ricos y viejas tribus (políticas y universitarias). Más que nunca, necesitamos la fuerza y la sobriedad que se requieren para sostener una tesis doctoral, un programa de investigación o una idea audaz durante cinco años, toda una vida e incluso a lo largo de varias generaciones.

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